Crónicas

Crónica sobre una paternidad ausente

Arte: Milagros Pico | @milagros.pico

Arte: Milagros Pico | @milagros.pico

Escrito por: Maura Escribano | @soymauraescribano

Toda casa es un país, administrado y gestionado por un líder. En la mía gobernaba mi Mamá, autónoma, autoritaria, pero sobre todo, independiente.

Con esos visos de república próspera crecí yo, con infancia asilvestrada y sin complicaciones fastidiosas, como por ejemplo, tener que pedir dos veces el mismo permiso para salir, o cerrar la puerta del baño para cual fuese la necesidad básica del momento. De su boca jamás salieron amenazas veladas, de las que solían pronunciar aquellas madres sin autoridad: “Deja que llegue tu padre…” “Deja que se entere tu papá”. 

Sin manuales ni trucos de magia, ella hizo lo que entendió que era lo correcto en cada momento. El tono de su voz era suficiente para dejarme claro que algo había hecho mal; su trompa fruncida me anunciaba un regaño seguro; la firmeza de su brazo levantado era el comando inmediato para el “tira y tápate” de golpes acompasados; y entretenía mis días de travesuras esquivando correazos como si brincara a la cuica. En varias ocasiones llegué a degustar el torso de su mano, que en un intento por acallar mis peores perretas azotaba directo y sin previo aviso. Así era su régimen. Disciplina y vergüenza, le llamaba.

Sin embargo, nunca hubo castigos. Para les niñes, un castigo es peor que mil azotes, y yo lo tenía claro. Prefería el ardor pasajero de la correa en las pantorrillas, a la eternidad de un fin de semana sin poder salir ni al balcón, máxime porque desde mi cuarto podía escuchar las risas y los gritos de mis vecines jugando, mientras yo solo podía mirarles por la ventana, y a escondidas. 

Eran días simples y felices, pero fueron también días de paternidad ausente, de un vacío que nunca se sintió como tal por el amor y las atenciones de la familia extendida -compuesta por un tropel de tíos, tías, primos y primas-, y por encima de eso, la absoluta devoción que demostraba a diario la santísima trinidad: mi Mamá todopoderosa, y mis serafines Abuela y Abuelo.

Esos días tan simples como felices los recordé recientemente, cuando decidí escribirle la postal del Día de Padres al papá más importante que hoy tengo en mi vida: el de mi hijo. Al plasmar el mensaje, me vi agradeciendo gestos cotidianos con la misma emoción con la que quizás, otra persona agradecería un Tesla, un pasaje a la luna, o una pirámide egipcia hecha a su medida. Me pareció raro expresar gratitud por un acto tan natural y cotidiano como es ser y estar. Algo natural que me faltó cuando me formé. Algo natural que muchas veces miré con aberración y extrañeza. 

La sorpresa me obligó a pausar. Y al recorrer los rincones de aquella mente infantil nunca hallé el deseo genuino de tener un papá, pero tampoco me topé con añoranzas de esa relación inconexa. Dicen que no se quiere lo que no se conoce, como tampoco se necesita lo que no se tiene, y es cierto. 

En esa paternidad ausente gané mucho más de lo que se suponía que perdiera. Gané independencia, apertura, libertad, responsabilidades que entendí con el tiempo, hambre de crecer y conocer. Gané amor a borbotones, empatía. También aprendí. 

Todavía hoy me parece curioso y hasta admirable ver a un papá llevar a sus hijes a la escuela, darles de comer, cambiarles los pañales, acompañarles al médico. No es machismo. No es feminismo. Es un golpe de realidad. 

Como yo, existe una infinidad de generaciones criadas en el seno de hogares fragmentados, cuyas madres jamás tuvieron en quién relegar sus responsabilidades ni con quién equilibrar la balanza de la carga que suponía criar, alimentar, curar fiebres y catarros, trabajar, administrar un hogar, gobernar ese país sin fronteras llamado casa. Pero me consta que de esas generaciones se forjó el deseo y la intención de no repetirse en el curso de la historia, de crear vínculos inquebrantables -aunque no todos tradicionales-, de asumir y cumplir.

Ahora, más que nunca, veo a papás con sus hijes y me alegran, me llenan de ilusión. Reconozco en ellos la valentía que no tuvieron muchos de decir “Presente”. Leo su amor dibujado en miradas, en mimos y abrazos; lo escucho en diminutivos pronunciados al azar en conversaciones indescifrables; lo compruebo con su presencia. Así se ve la paternidad, exactamente igual que la maternidad. Porque la paternidad bien ejercida también es equidad, y esa equidad debe comenzar en casa. 

Hoy decido celebrar la equidad, otros dirán que es el Día de los Padres. 

Némesis Mora