Crónicas

Maternar

Arte: Milagros Pico | @milagros.pico

Escrito: Esther Armenta | @estherar_menta

Si materno, que mis hijas sean las oraciones en el papel. Si soy madre, que sean mis hijos los libros que escribiré. Seré madre soltera, no hay hombre, pienso, que pueda ser padre conmigo. En todo caso podría compartir la maternidad con otra madre o madres en plural. Engendrar desde el lesbianismo que es pecado. La unión lésbica con la palabra, la tinta, la soledad, la compañía, la empatía. Lo femenino como tierra fértil, semilla, riego, floración y fin. Sueño con escribir y sonrío. El lunes soñé con una hija de piel. Mis senos lloraron en la vida onírica. Mis senos son como mi cerebro y usan su inteligencia cuando el cuerpo descansa en la cama azul. Mis senos lloraron porque no quiero ser madre. Mis senos lloraron un líquido espeso y amarillo. Eran lágrimas que debieron ser el alimento de mi hija de fantasía, pero no era leche lo que tenía, era un líquido que mostraba el desprecio por ella, por su existencia que sentí real. Los pechos estaban listos para amamantar pero no había boca, mi hija estaba perdida, mis anhelos de ser escritora también, se habían ido con ella a no sé donde. Tomé una bolsa con basura entre los brazos dije que era ella, mi bendición, mi primogénita, un cuerpo de envolturas chatarra y no un cuerpo cuadrado de páginas inagotables como habría querido. Que horrible hija, pensé en voz alta y mis hermanas me regañaron, dijeron que la criatura necesitaba amor. Lo único cierto entre mi fantasía de maternar y el sueño, es que no había padre. No hacía falta. Pienso que pobrecita de mí, por lo difícil que resultó ser madre en sueños. En la vida real amo a las infancias, es solo que no quiero hijos de piel, he pensado tanto en los de papel que a los de carne no sabría en qué librero ponerlos. Los imagino sentaditos en la repisa, respirando polvo, recibiendo su líquido amarillo como desayuno, con sus ojitos bien secos de no ver el sol pero brillosos porque son niños, los veo ahí, pegaditos unos a otros, acomodados de mayor a menor como sus hermanitos de papel. Serían diez o más, todos sequitos como sus cuerpitos amarillos, como si por su piel  corriera luciferina, como si fueran luciérnagas que habitan la noche. Todos ahí, con las palabras escritas en sus pieles finitas porque el calor hizo que sus hermanitos libros desprendan tinta que a ellos se les pega y se les queda para siempre. Con los días de frío tendrían que abrazarse, las letras se secarían con los vientos de otoño que les tatuarían la esencia de su madre que soy yo y que narra los días, las noches en que tuve un hombre para que fuera su padre pero que luego no fue y ahí les explico, en las letras, por qué son huérfanos de padre pero hijos del lesbianismo. A ellos les gustaría leerse las manos, las piernas y el cuerpo entero y estarían apiladitos, serían como diez. Los imagino y no los cuento pero son como diez. Todos están ahí, viéndome desde los estantes, siendo el recordatorio de mi creación, de que sigo viva y eso a veces no gusta tanto. Quiero sobrinos, quiero sobrinos para escribirles, para prestarles a mis hijos de tinta y que juntos se vayan al parque y ahí la familia feliz sí existe y los ojitos secos de no ver el sol no son posibles. Me despierto y mis senos no lloran, mis manos escriben. 

Esther Armenta es mexicana pero vive en Buenos Aires. Tiene 26 años, cinco plantas y un gato perdido. Periodista y estudiante de posgrado en periodismo narrativo.

Némesis Mora