Crónicas

Anécdotas para ampliar nuestras lentes sobre género y violencia de género

Arte por: Ivana Castellano | @ivanacastellano_

Escrito por: Yarlenis M. Malfrán | @yarlenismalfran

Un día común de este mismo siglo me cuenta una prima que la profesora de Filosofía le dijo en medio de una sala de clases llena de alumnes y a todo pulmón: “Claudia, quítate  ese crayón rojo que eso a ti no te pega”. Obviamente, mi prima es una mujer negra. En esa misma escuela y en pleno pasillo repleto de estudiantes, al amigo de mi prima, un chico gay, le dice una colega, estudiante de Medicina: “quítate ese pantalón apretado que eso es de mujeres”. Ambas interdicciones vienen acompañadas, antes, durante y después, de las miradas y burlas fiscalizadoras de esos cuerpos; el de mi prima y el de su amigo, lo que de por sí entraña una profunda violencia.

 La violencia a la que me refiero aquí no es esa que se materializa en la ofensa racista (en el caso de mi prima) y homofóbica (en el caso de su amigo). Precediendo a esos insultos está la violencia que  supone estar bajo escrutinio público y sustentar el peso de miradas que operan como pedagogías de género, procurando apuntar desvíos, corregir cuerpos y con ello generar sentimientos de inadecuación que obliguen a esos cuerpos a curvarse y reverenciar a la norma. Quiero sumar a esta historia un último episodio, para componer una especie de trilogía cuya autoría es firmada por ese sistema de género que es, intrínsecamente, un sistema violento.  

Como estaba trabajando en el proceso de entrevistas para mi tesis de doctorado, quedé con una de mis colaboradoras de la investigación, una mujer trans, en una cafetería súper céntrica de mi ciudad, Santiago de Cuba. La mujer que estaba atendiendo las mesas, presumiblemente cisgénero —y digo presumible porque la identidad de género no es algo  de lo que terceras personas tengamos la autoría, eso cabe a cada quien— fue más de 5  veces a la nuestra sin que hubiésemos solicitado nada y durante dos largas horas, nuestra  presencia en aquel lugar fue motivo de sus miradas indiscretas e incisivas. Confieso que  tanto mi entrevistada como yo, estuvimos a punto de preguntarle si tenía algún temor de  que nos fuéramos sin pagar; ya que esa era la razón más plausible antes de concluir que era transfobia; al final concluimos que se trataba de una actitud transfóbica, pues otras personas permanecieron en el lugar tanto tiempo como mi entrevistada y no fueron objeto de esta vigilancia cisgénero.  

Y he aquí que comienzan mis cavilaciones que me llevan a concluir dos cosas: las tres  escenas, en parte o en todas sus dimensiones, implican violencia de género y no hay nada del sistema de género que no sea, en sí mismo, violento.  

La transfobia que alcanzó a la mujer trans en la cafetería es un tipo de  violencia de género. Una violencia ejercida por una mujer presumiblemente cis (hacia otra persona que se entiende y se asume como una mujer trans. Noten que “ser mujer” no solo entraña un sitio de opresión, sino que puede ser también un lugar de ejercicio de poder de mujeres contra otras mujeres, como en el ejemplo de la profe de filosofía con mi prima). 

Entiendo que en el caso de mi prima y de su amigo, el problema en sí no es el crayón rojo ni el pantalón, sino qué cuerpos portan estas tecnologías de género. ¡Viva Teresa de  Lauretis por esa reflexión súper relevante que nos legó sobre tecnologías de género! Ese mismo crayón rojo en una mujer de tez blanca no generaría censura, probablemente generaría asedio. Un asedio autorizado por las normas de género que dictan, entre otras cosas, que el cuerpo de mujeres (cis, trans, travestis, no binaries, etc.) es un territorio público al que se puede acceder sin pedir permiso. El pantaloncito apretado en un cuerpo que se identifica como mujer (considerando el amplio espectro que cabe aquí) generaría asedio muy probablemente. 

Ese asedio se extiende a gays, como se vio en el episodio que me relató mi prima, precisamente porque ellos desobedecen las prescripciones normativas de lo que sería “un  hombre de verdad”, lo que es una invención de ese sistema nocivo que conocemos como  género. El amigo de mi prima fue violentado, no solo porque su existencia desafía a la  heterosexualidad hegemónica. Es preciso decir que la heterosexualidad, en cuanto a la norma que orienta el deseo y las prácticas sexuales que son legitimadas en cada sociedad, está profundamente imbricada e incrustada en el sistema llamado género.  Es más, si este sistema es binario, o sea, que concibe apenas dos: femenino y masculino; y los concibe de forma opuesta y complementaria (él “sexo opuesto”), lo es justamente porque se sustenta en un esquema de pensamiento heterosexual (corre aquí Monique Wittig). Fuera de una heterosexualidad obligatoria no existiría siquiera esa lógica binaria.  Dicho de otra manera, el género es binario, “un mundo de dos y para dos”, porque se funda en una heterosexualidad obligatoria. Así, la binariedad del género no trata apenas de la invisibilización y negación de identidades de género disidentes: transgéneros, crossdesser, queer, no binaries. La binariedad existe por y para asegurar a la propia heterosexualidad. 

Y esto me lleva, inevitablemente, a pensar no solo en el amplio espectro de violencias de  género, sino en las maneras de nombrarlas y enfrentarlas con respecto a leyes y políticas  públicas. 

El argumento que sostengo aquí es que tanto la existencia de las normas de género como un sistema regulador de diversos cuerpos (cis, trans, no binaries, etc.), como  su desobediencia, desencadena e implican violencias de género. Decir que la violencia de género es apenas violencia contra mujeres —entendiendo por estas a mujeres cis,  heterosexuales— es, a mi modo de ver, una comprensión reduccionista tanto del género como del fenómeno de la violencia de género. 

Si el género es una experiencia racializada, hetero-centrada y cis-centrada: ¿cómo pensar políticas púbicas y leyes contra la violencia de género operando con una categoría universalista de mujeres? Cuando se dice que violencia de género equivale a violencia machista, el único régimen de dominación que se está considerando es el cissexismo. Es por eso que interseccionalidad es mucho más que una palabra bonita, es un paradigma interpretativo que nos auxilia a repensar el poder; el poder no actúa de forma unívoca. Si género es un sistema de poder, también lo son raza, la sexualidad, la cis norma. Además de que género no corresponde únicamente a la experiencia cis centrada. Y es aquí dónde yo veo lo que Judith Butler designa como violencia normativa, que tiene, entre otros efectos, la exclusión. 

La norma de género establece:

1. Las prescripciones normativas del tipo: mujeres (blancas) usan crayón rojo; mujeres (cis) usan pantalones apretados.

2. Crea a los sujetos (a)normales, por medio de procesos de idealización y sustancialización. Siguiendo este argumento: mi prima, su amigo gay y un montón de otres serían inadecuados si subvierten determinados preceptos normativos. 

3. Las formas de punición, castigo, normalización. Es por ello que pienso que tanto la punición de que fue objeto mi prima, su amigo gay y la que eventualmente puede sufrir una mujer cis son todas violencias de género. 

Ahora, usted puede expandir los ejemplos que aquí narré a otras experiencias no menos  frecuentes. Cómo así, ¿una mujer lesbiana utilizando “ropa de hombres”?; Cómo así una  travesti “vestida de mujer” (porque para la sacrosanta cis/norma la mujer trans no es “una  mujer de verdad”, es una imitación, haya paciencia con la cisgeneridad compulsoria) a plena luz del día. Si la ley contra la violencia de género opera con la categoría universalista “mujeres” (entendiendo por ellas apenas a las cis) excluye de su protección a personas como mi colaboradora de investigación. Sigamos pensando… 

Si tomamos en serio a Sojourner Truth, enseguida una se percata que su histórico discurso “¿Acaso yo no soy una mujer?”, está dinamitando una concepción occidental de género presente en la idea de mujer. Tampoco se puede olvidar que Sojourner Truth estaba, precisamente (¡noten qué curioso!), en una convención por los derechos de las mujeres, donde apenas estaban siendo reconocidas como mujeres unas pocas: blancas,  heterosexuales y de clase media. Eso debería servir para pensar cómo se formulan ciertas  políticas públicas. Si una ley contra la violencia de género adopta una definición universalista de lo que es mujer, ya se sabe quiénes son les que van a quedar fuera de esa ley, supuestamente acogedora de todas las violencias de género. Sojourner Truth estaba cuestionando los marcos de inteligibilidad del sujeto “mujer”. 

Este trabajo de identificar aquellos intersticios donde la ley no llega cuando opera con  categorías universalistas, tuvieron continuidad en el trabajo de la jurista Kimberlé Crenshaw  cuando tomó de base la acción jurídica de cinco mujeres afro estadunidenses contra la  General Motors, para sistematizar el concepto de interseccionalidad. Crenshaw mostró la  insuficiencia de las leyes anti-discriminación de esa empresa para tratar la situación de mujeres negras. Sirva el trabajo de Crenshaw para pensar en otro millón de grupos sociales. 

Definitivamente, yo no tengo experiencia en leyes ni derecho, pero algo he estudiado de políticas públicas y sé que cuando ellas operan con marcos universalistas y esencialistas excluyen propositivamente a un montón de gente que deberían proteger. Ahí la ley, le hace el  juego a la norma. Yo sé y entiendo del miedo de algunas feministas de que se diluya la  categoría mujer. También sé del apego a ciertas categorías con fines políticos. Pero creo que, reconociendo eso, se pueda avanzar hacia propuestas de leyes emancipadoras. Tampoco digo que ahora mismo hay que acabar con todas las leyes contra la violencia de género que enuncian, como sujeto de protección a la mujer, ciertamente afectadas por feminicidios y otros tipos de violencia. Mi argumento es a favor de ensanchar los moldes de la ley y de algunas políticas públicas que solo acogen a  una porción de sujetos subalternizados. Tampoco tengo respuestas en la mano ni pienso que ellas sean fáciles de elaborar. Lo que sí sé es que reflexionar la violencia de género desde una perspectiva feminista implica, entre otras cosas, entender las guerras de género que son propiciadas a partir de la imposición de ciertas normas de género (violencia normativa) y las que se derivan de la desobediencia de esas mismas normas de género (violencia punitiva). Son sobre todo los feminismos que tratan de los sujetos de los  márgenes, los que más ayudan a repensar este tema de la violencia de género bajo otra óptica. Sabemos, además, que una definición universal de mujer es altamente perniciosa para entender las violencias que alcanzan a algunas mujeres. Lección de Sojourner Truth desde 1851… 

Por último, yo no deposito mis esperanzas en una ley, como también sé que la ley no debería servir para reforzar la norma…

Yarlenis M. Malfrán cuenta con un doctorado en Ciencias Humanas de la Universidad Federal de Santa Catarina en Brasil. Es licenciada en Psicología por la Universidad de Oriente, Santiago de Cuba (1999), y tiene una maestría en Intervención Comunitaria por el Instituto Superior de Ciencias Médicas Habana/Cuba (2004). Actualmente investiga las intersecciones en las políticas de salud pública en Cuba. Feminista, con experiencia en varias organizaciones y movimientos sociales.

Némesis Mora